Esta resolución en la práctica a supuesto el inicio de una serie de operaciones aéreas llevadas a cabo por la OTAN con el apoyo testimonial del algunos países de la Liga Árabe, concretamente 4 aviones cataríes y 12 aeronaves enviadas por EAU según se ha sabido hoy mismo.
Se trata de una operación de envergadura, que ha supuesto el despliegue de un importante número de aviones y de buques militares y por lo tanto, cabe suponer que la intervención militar en Liba costará mucho dinero a los países que la están llevando a cabo.
Se hace difícil pensar que estados como los que encabezan esta operación, que no han tenido reparo en causar numerosas muertes de civiles en sus acciones militares de esta última década, especialmente las guerras de Irak y Afganistán, estén dispuestos ahora a movilizar a sus ejércitos con el único fin de acabar con los asesinatos de inocentes civiles a manos del régimen de Gadafi.
Más aún si tenemos en cuenta que esta circunstancia no está preocupando ni a la ONU ni a los estados occidentales en otros conflictos como el de Siria, Yemen o Bahréin, que están costando la vida a un número importante de civiles en una situación muy similar de la que llevó a Libia a la guerra civil en la que, a todas luces, se encuentra en la actualidad.
Todo esto por no mencionar toda una serie de conflictos que desangran a buena parte del continente africano, o lo han hecho en los últimos años, ante los cuales la ONU y las potencias occidentales han mostrado su más absoluta indiferencia. Véase las guerras del Congo -en las que se habla de hasta tres millones de muertos[1] según las fuentes que se consulten- o Somalia ante las que más bien las empresas occidentales han sabido sacar buen provecho del caos para expoliar todos los recursos naturales que han podido.
Más incoherente resulta toda la operación si tenemos en cuenta que se está realizando con el apoyo de la Liga Árabe, organización a la que pertenecen estados como Arabia Saudí o los propios Yemen y Siria que, como hemos dicho, en las últimas fechas vienen ejerciendo una represión cruenta contra sus pueblos, de la misma forma que lo hizo y lo sigue haciendo Gadafi.
Es lógico pensar pues en un interés más allá de la salvaguarda de los derechos humanos por parte de los estados occidentales que han emprendido esta aventura. Si bien las reservas pretrolíferas y de gas libias no son demasiado significativas en comparación con las de Irak, Irán o Arabia Saudí, se hace inevitable pensar en un interés por introducir a las multinacionales occidentales en el negocio de la explotación de estos recursos, monopolizados en la actualidad por el estado libio.
Por otra parte, fuera de los intereses puramente económicos, el conflicto está causando una inestabilidad evidente en una región que ya venía siendo azotada por las revueltas en los países vecinos de Túnez y Egipto y que se encuentra a pocos kilómetros de los países mediterráneos de la UE.
Incoherente línea de actuación
La reacción occidental ante estos conflictos ha carecido de una línea de actuación coherente. Con la revuelta en Túnez, los gobiernos occidentales se mostraron verdaderamente desorientados y no acertaron más que a pedir calma a ambas partes en conflicto. Con la lección aprendida tras la caída de Ben Alí, en Egipto los gobierno europeos y especialmente el americano pidieron a su aliado histórico, el dictador Mubarak, que abandonase el país, tras lo cual el régimen quedó herido de muerte y a mereced del pueblo que exigía su fin en las calles.
Tras el contagio de la crisis a Libia, Occidente se posicionó decididamente con los rebeldes, posiblemente esperando una pronta salida del poder de Gadafi, pero al contrario de lo ocurrido en Egipto y en Túnez, la revuelta no concluyó con la salida del dictador y la asunción del poder por parte del ejército. El conflicto se volvió más complejo hasta derivar en una guerra civil ante la cual Occidente volvió a bloquearse inicialmente.
Con el devenir del conflicto claramente a favor de Gadafi, que ya había sido condenado públicamente por los principales gobiernos occidentales y por la propia ONU -en su resolución 1970-, los gobiernos de Francia y Reino Unido idearon la zona de exclusión aérea como solución de emergencia. Ante la imposibilidad de que Rusia y China aceptaran una invasión terrestre en estas circunstancias, el resto de estados del Consejo de Seguridad de la ONU, consiguieron hacerles ver la razonabilidad de esta propuesta intermedia.
Riego de estancamiento
Tras una semana de bombardeos parece que la ofensiva de Gadafi, que se encontraba cerca de la batalla final, se ha frenado. Pero la balanza sigue estando claramente a favor del coronel, pues aun habiendo tenido que renunciar a su aparato aéreo, sigue teniendo una abismal superioridad en artillería y vehículos blindados ante unas desorganizadas milicias rebeldes que apenas sí cuentan con armamento.
En esta situación el riesgo de que la situación se estanque y degenere en un conflicto de larga duración toma fuerza. La OTAN que, según declaró su secretario general Anders Fogh Rasmussen, asumirá oficialmente el mando de las operaciones, es consciente de los peligros que entraña una guerra larga en un país como Libia, y más teniendo en cuenta los antecedentes de Irak y Afganistán. El islamismo radical sabe aprovechar estas circunstancias y lo último que necesita Occidente es un foco de insurgencia en pleno Mediterráneo.
Por este motivo, no es descartable, que si la situación no mejora con el paso de las semanas, la ONU se vea obligada a dar vía libre a una invasión terrestre mediante una resolución menos restrictiva que la 1973, aunque las potencias occidentales deberán superar el escollo de la oposición de Rusia y China de alguna forma. Lo más probable es que todas las potencias salgan beneficiadas.
Futuro incierto para los libios
El futuro para el pueblo libio es, en cualquier caso oscuro. La peor de las posibilidades, sin duda, es la victoria de Gadafi. Aunque el régimen quedaría tocado y aislado internacionalmente, no sería la primera dictadura que saliese de una situación similar. Si el régimen franquista pudo sobrevivir tras la II Guerra Mundial perfectamente podría hacerlo cualquier otro en una situación de aislamiento internacional.
Por otro lado, la opción que se antoja más probable es que la coalición internacional termine por destruir el régimen de la “Yamahiriya”, pero luego qué. Poco se sabe ciertamente de los rebeldes libios más allá de que son una masa heterogénea. Se supone que al frente de la nueva administración se han situado viejos cargos del régimen que han dado la espalda a Gadafi, pero poco se conoce de sus intenciones más allá de que enarbolan la bandera de la antigua monarquía. ¿Sólo un símbolo o una declaración de intenciones?
De lo que no cabe duda es de que, si la intervención de las potencias internacionales acabase derrocando a Gadafi, el pueblo libio tendría hipotecado su futuro a Occidente. Una vez más.

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